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FACAO-Federació d'Asociacións Culturáls de l'Aragó Oriental

SEDUCIRNOS A NOSOTROS MISMOS

(Publicado originalmente el 14 de julio de 2007).
Cuando en marzo de este año falleció el filósofo francés Jean Baudrillard, José Antonio Marina le dedicó un artículo en el que decía que a Baudrillard “…le interesó mucho el tema de la seducción. Lo que le preocupaba de la seducción es que provoca una pérdida de identidad en el seducido”.

En algunos casos, esa seducción no es más que el natural destino de la conciencia del emigrante. La lógica consecuencia de cambiar unas viejas alpargatas por unos zapatos nuevos. Un gran escritor aragonés lo contó maravillosamente “… y en un par de meses se iban a trasladar a Barcelona, lugar-imán de la pobreza aragonesa. Cuando años después, en unas flamantes vacaciones veraniegas, vinieron a Daroca, Petra, Nicolás y Lucas… los tres habían venido con trajes nuevos y un afectado acento catalán. Necesitaban que todos en el pueblo reconocieran lo que habían ganado al irse a Barcelona” Ildefonso-Manuel Gil “Un caballito de cartón” (Memorias 1915-1925) Página 173. Xordica Editorial. Zaragoza 1996.

Pero la seducción tiene múltiples formas y causas. Caer en ella puede ser consecuencia de enfrentar hoy, igual que ayer, riqueza y pobreza, abundancia frente a escasez, tierra de promisión frente a subsistencia. Pero, sobre todo, la seducción es el final previsible cuando se enfrentan el débil frente al poderoso, lo pequeño frente a lo grande.

Nuestro chapurreao aragonés resulta reconocible y tiene un valor dentro del pueblo donde se habla, la palabra es igual para todos. Pero fuera de casa entra en juego la seducción, y entonces, su independencia y valor dependerán de su fuerza y utilidad. Ante lo grande lo propio se vuelve pequeño y prescindible, ante lo poderoso la parte débil llevará siempre las de perder. Entonces, ser seducido, perder la identidad, resulta algo fácil e inevitable. Sería algo así como tener que elegir entre casarse con la novia del pueblo de toda la vida o con una chiqueta de fuera que es guapa y rica.

Pero la parte más determinante de la seducción proviene de la percepción. De lo que nos entra por los ojos, de lo que oímos a diario, de lo que vemos en los mapas del tiempo, de lo que está cerca y lo que tenemos lejos. Y esa seducción de la percepción es una vieja historia que en Aragón dura ya más de un siglo. Una vieja historia que en esta época dominada por la imagen y la apariencia se ha multiplicado por dos.

Algunos aragoneses caen seducidos abrumados por el peso y la insistencia en la repetición de un mensaje. Otros se rinden ante la evidencia de su debilidad y de una comparación que no resiste ni la mitad del primer asalto. El poderoso, el fuerte no puede estar equivocado, y mucho menos el presentador de la televisión.

Entre los años 2003 y 2007 la Generalidad de Cataluña se ha gastado 11.350.000 euros en subvencionar a entidades culturales que defienden que en algunos lugares de fuera de Cataluña -entre los que se encuentra una parte de Aragón- se habla catalán. 11.350.000 euros son 1.889.496.000 pesetas. Me gustaría que pensaran cuantas cosas se podrían hacer en su comarca con esa cantidad de dinero.

Y de eso se trata, de entender lo que brillantemente afirmó Baudrillard. Que sólo reconociendo que muchas de las cosas que creemos son una consecuencia lógica de esa seducción podremos entenderlas y comenzar de nuevo, verlas de otra manera.

Entenderlo es el primer paso para cambiar. Reconocer que las ideas que tenemos, las emociones que sentimos y las afirmaciones que repetimos se basan en la experiencia cotidiana de vivir bajo esa seducción permanentemente.

Que sólo reconociendo nuestra condición de seducidos históricos y cotidianos podremos ver donde está nuestra debilidad y nuestra fortaleza. Que sólo reconociendo que la nuestra es una identidad perdida seremos capaces de recuperarla.

No se trata de orgullo maleducado ni de palabra nazionalizada, sino de partir de nuestra propia debilidad para reconocer y disfrutar nuestro individualismo, nuestra particularidad, nuestra propiedad singular y colectiva. La palabra que es nuestra.

Se trata, sencillamente, de seducirnos a nosotros mismos. De reconocer el valor de nuestra historia y nuestra identidad. Chapurreao aragonés es el nombre que identifica nuestra palabra. Es como nosotros llamamos a lo que hablamos, nuestra forma de nombrar lo que nos pertenece.

Muchas veces, para justificarnos, hemos dicho: “así es como nosotros hablamos aquí”. Y así debe seguir siendo. Así es como siempre, desde hace siglos, lo hemos llamado. Ese aquí es nuestro lugar, ese hablamos somos nosotros mismos. Igual que nuestras ilusiones, nuestras esperanzas y nuestras derrotas, igual que todo lo que tenemos y lo que no. Nuestra palabra forma parte de nosotros. Chapurreao le llamamos. Chapurreao aragonés, no catalán. Somos nosotros mismos.


            Luis Borrás Dolz
            Asociació Cultural Lliterana “Lo Timó”
            La Llitera (Huesca)
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